Cuando llegó la pandemia, allá por 2020, me encontraba en Alemania. Lo primero que pensé, atrapado por la desolación y el miedo colectivo, fue en El Eternauta. Recordé esa historieta que había leído sólo por fragmentos, en estudios literarios y charlas sueltas, y sentí la necesidad de leerla entera. Había algo en la amenaza invisible, en la idea de una nevada que mata, que resonaba con lo que el mundo vivía. Busqué el libro, pero en Alemania sólo encontré una edición en alemán. A pesar de las barreras, lo trabajé con diccionarios, subrayados, notas… y el resultado fue una lectura profundamente personal.
La historieta escrita por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López en 1957, es una obra de ciencia ficción que nos pertenece profundamente. Es argentina, como lo es su tono, su ética, su mirada sobre el heroísmo colectivo y el dolor. Y por eso, cuando supe que Netflix estrenaría una serie basada en El Eternauta, las expectativas fueron enormes: no solo por ver una adaptación de calidad, sino por saber qué se iba a decir, qué se iba a omitir, y sobre todo, qué se iba a sentir.
En ese sentido, la serie dirigida por Bruno Stagnaro y escrita por él junto con María Alicia Garcias, Gabriel Stagnaro, Ariel Staltari y Martín Wain, no defrauda. Al contrario: nos devuelve a El Eternauta desde una perspectiva profundamente argentina, y con una audacia narrativa inesperada. La clave está, tal vez, en una decisión brillante: hacer que el protagonista, Juan Salvo, interpretado por Ricardo Darín, sea un veterano de Malvinas.

Esto no es menor. Es una declaración de principios. Cuando se menciona que luchó en Malvinas, entendemos que estamos ante un símbolo, ante la encarnación del héroe nacional que no es un súper hombre, sino alguien que ha peleado, ha sobrevivido y sigue dispuesto a luchar. La serie convierte su traje de combate no en un artefacto de ciencia ficción, sino en un uniforme de dignidad histórica. Es, literalmente, el traje de un héroe argentino.
La causa de Malvinas atraviesa la historia sin convertirla en una obra bélica o panfletaria. Es El Eternauta sin dejar de serlo, y a la vez es también una relectura de la historia argentina. Una historia donde, una vez más, Buenos Aires es invadida, no por británicos como en 1806, sino por alienígenas venidos de lejos. La analogía es evidente, pero eficaz: los argentinos defendiendo su tierra contra fuerzas invasoras, como siempre. No importa si vienen del espacio o del mar.
Y no fue solo el guión. Fue también la valentía de una decisión técnica que pasó casi desapercibida, pero que es política: la traductora Daiana Estefanía Díaz, responsable de la versión en inglés, eligió traducir “Islas Malvinas” como “Malvinas Islands”, y no como “Falklands”. Una decisión lingüística que es también histórica y cultural. Ella misma explicó que lo hizo sin dudarlo, porque era “la única opción viable”. Esa elección sutil, quizás invisible para muchos espectadores, es otro acto de resistencia: no traducir también es una forma de decir.
La serie también rinde homenaje a la solidaridad latinoamericana: ver que aviones peruanos ayudan a los argentinos es un guiño emocionante a los días de la guerra, donde el pueblo peruano colaboró con la defensa argentina. Es un detalle hermoso y simbólico, que suma a la riqueza de una narrativa que, sin ser bélica, habla de un justo recuerdo.
En esa misma línea de símbolos profundamente argentinos, hay una escena que trasciende el drama: una religiosa, junto a un veterano, entrega su vida para salvar a otros. El sacrificio, encuadrado con la música de la Misa Criolla de Ariel Ramírez, se convierte en uno de los momentos más conmovedores de toda la serie. No sólo por su potencia visual y dramática, sino por el contenido ético que transmite: la solidaridad, la entrega, el coraje espiritual y humano. Es una escena que emociona no solo por lo que muestra, sino por lo que significa para la cultura argentina: la fe como acción, el arte como consuelo, el heroísmo como acto colectivo.
Así, esta no es solo una adaptación cinematográfica. Es un ejercicio de memoria, un gesto político, una historia argentina contada desde el arte, que dialoga con el mundo sin perder su voz. Y lo hace mostrando a nuestros barrios, a nuestros personajes hablando en rioplatense, con nuestra bandera flameando sin vergüenza ni exageración.
La ciencia ficción, cuando es buena, nunca es solo fantasía. Es un espejo del presente. En este caso, El Eternauta se convierte también en un espejo de la argentinidad: esa mezcla de dolor, lucha, memoria y esperanza que seguimos cargando. Que una serie global de Netflix logre sostener esa voz, esa causa, y ese símbolo como lo hizo esta producción, es algo que merece ser reconocido.
Quizá, como dice la historia, lo importante no es el héroe solitario, sino la comunidad. Pero no está de más recordar que, cuando el cielo se vuelve oscuro y el enemigo avanza, sabremos a quién mirar: a nuestros veteranos, a nuestros símbolos, a nuestras causas.
Y esa, también, es una manera de resistir.
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