La argentinidad es un término muy discutido. Cada uno le da un sentido propio, pero todos intuimos que encierra algo común. ¿Podemos definirla? ¿Existe una argentinidad compartida? Creo que sí, aunque cada argentino la vive de manera distinta según su historia, su lugar y su origen.

A lo largo de mi vida, cuando me preguntan qué me identifica como argentino, me aparecen imágenes inmediatas. A mí me gusta ordenarlas desde lo más personal hasta lo más profundo, imaginando que en algún punto nos encontramos todos. Yo podría empezar con los Pumas, para otro será el fútbol u otro deporte. Luego aparecen esas músicas que nos tocan el alma cuando estamos lejos: a mí el tango; a un salteño, seguramente el folklore; ¿pero quién no se quiebra, sin importar de donde venga, con Lunita tucumana? Todos sabemos lo que es escuchar un sonido de nuestra tierra en un lugar extranjero y sentir que volvemos a casa.

Después llega lo gauchesco, que atraviesa todo el país. Desde un porteño haciendo un asado en un balcón hasta alguien vestido de gaucho en San Antonio de Areco. Yo mismo disfruté andar por el mundo con unas bombachas preparado para cabalgar un avión o domar a un tren. Uno de mis más preciados recuerdos fue cuando recibí mi primer facón. Me sentí peligroso, porque aprendí que a un gaucho no se lo jode.

Al seguir avanzando, inevitablemente llegamos a los símbolos patrios. Ver la bandera, donde sea, es emocionante. Cantar el himno —en un estadio, en un cumpleaños entre amigos o donde sea— no nos deja indiferentes. Bien deberían entonarse sus estrofas cada día en cada institución pública, política o ciudadana. Creo que la bandera es el color político primario que nos une por encima de cualquier ideología. Para los creyentes, solo está Dios por encima; después, la bandera. En los versos de Aurora queda claro quién nos la dio. En otros países he visto que no hay una bandera única que convoque a todos. Nosotros sí la tenemos, y es una bendición. Si alguien no siente emoción al verla, ¿puede llamarse argentino?

Cada uno tiene también su lugar propio. “Desde mis cuevas arbóreas de Adrogué, refugio íntimo de nuestra literatura”… O bien recorriendo un camino histórico que se abre en San Telmo, donde Buenos Aires resistió las invasiones inglesas entre calles coloniales que aún guardan el eco de la defensa popular. Avanzando luego hacia el Convento de San Carlos, en San Lorenzo, escenario del primer triunfo militar de San Martín y bautismo de fuego del Regimiento de Granaderos. Continúa sobre las barrancas del río en la Vuelta de Obligado, donde la Guerra del Paraná enfrentó a la Confederación con las potencias anglo-francesas en una temprana afirmación de soberanía. Desciende después hasta el llamado “Callejón de las Bombas”, según los invasores, en aquellas islas abanderadas en nuestra memoria colectiva. Y se prolonga hacia el extremo austral del continente, en la Península Antártica, donde la presencia argentina sostiene desde hace más de un siglo ciencia, exploración y soberanía en el último territorio blanco del planeta. Porque todos esos territorios, y el suyo, conforman nuestra Argentina histórica y bellísima en todos sus rincones. Nos une por siempre esa “llama viva de la patria heroica”, como declama la Fundación Argentina Semper.

Por eso, cuando hablo de argentinidad, imagino varios recorridos: el tango, el folklore, el deporte, lo gauchesco, la familia, la escuela, el barrio, la bandera. Pero en lo más alto, como punto de encuentro, está la Causa Malvinas. Muchas veces, en discusiones políticas, yo preguntaba: ¿cuál es tu bandera? Si es la misma que la mía, entonces hay más cosas que nos unen que las que nos estarían separando. Pero si además compartimos la pasión por el fin del anacrónico colonialismo en nuestra tierra, ese deseo de ver una Argentina plenamente libre, sin potencias foráneas, sean asiáticas o sajonas, y con la desmedida locura de querer batirse, si fuera necesario, a sangre y fuego con el enemigo, entonces compartimos el mismo destino.

Porque al mirar Malvinas, todo se reafirma. Ahí uno se gradúa de argentino, al emocionarse por la valentía de nuestros soldados y por lo que significa para nuestra historia. La argentinidad, en su cúspide, es para mí esa causa común y esa bandera que nos cobija a todos. Un privilegio que valoro cada vez más y que me llena de orgullo al decir que yo soy argentino.

Tin Bojanic


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