Embajada Cultural de la Nación

Claudio Morales Gorleri, al frente del Instituto Nacional Sanmartiniano, impulsó con firmeza la idea de que Argentina debía proyectar al mundo su herencia histórica y cultural, tal como lo hacen el Instituto Cervantes, el Goethe-Institut y otras naciones con sólidas políticas culturales. Ese rumbo no debe interrumpirse.
Durante años he admirado —por haberlos conocido en diversas actividades en el extranjero— a esos institutos emblemáticos que encarnan el espíritu de su país y difunden su acervo como auténticas embajadas culturales. Siempre imaginé que nuestras representaciones diplomáticas pudieran ser también sedes vivas de nuestra lucha por la libertad y de dicha Institución.
En su momento pensé que, así como muchos países se identifican con un poeta o escritor, Argentina enfrenta un dilema particular: la fragmentación interna dificultaría consensuar si el nombre debía ser Borges, Cortázar u otro. Sin embargo, José de San Martín no solo nos pertenece a nosotros: su figura es también patrimonio moral e histórico de buena parte de Sudamérica. Y su herencia no se limita al arte o la cultura: es fundamento ético y piedra angular de nuestra identidad nacional.

San Martín y sus Granaderos son símbolos sagrados de la Nación. Quien no reverencia al Padre de la Patria difícilmente sienta amor verdadero por su tierra, y quien no la ama, difícilmente la defienda. Hablamos de nuestra gran familia: José Francisco es el padre de todos nosotros.
Es válido frenar el despilfarro estatal, pero reducir el Instituto a un museo no tiene relación con ese objetivo. Las instituciones y símbolos que nos representan son excepcionales y deben preservarse. Una cosa es eliminar organismos redundantes, y otra muy distinta es renunciar a aquello que nos define como pueblo.
El Instituto Nacional Sanmartiniano no solo ha cruzado los Andes: ha cruzado los mares, llevando el nombre de Argentina a otras latitudes.
Proyectar nuestra presencia cultural en el mundo es una estrategia de Estado. Pero esa tarea debe realizarse cuidando la dignidad de nuestros emblemas y de la obra del Libertador.
Desde hace tiempo, esta casa libra una batalla cultural que trasciende lo económico y alcanza, sobre todo, a la Historia (disculpen la mayúscula), que, como hemos aprendido a decir, “es la madre de la vida”.
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