Aquellos a quienes, en mi infancia, vi como padres que me defendían; aquellos que un día sentí como hermanos; y aquellos a quienes, con el paso del tiempo, comencé a llorar como hijos muertos, me acompañan todavía.
Muchas veces me he preguntado —y vos, argentino, deberías preguntarte también— qué habría hecho si me hubiera tocado ir a recuperar nuestras queridas islas; si habría tenido el valor de enfrentar la muerte enviado bajo nuestros colores.
Por eso siempre he dicho que quienes yacen en Darwin, con su carne ya desaparecida y sus huesos perennes, con su heroísmo silencioso, con la imagen de sus rosarios colgados al cuello y los fusiles aún prendidos a los brazos, merecen algo más que nuestra memoria.
Yo quisiera que mis cenizas, algún día, fueran esparcidas sobre esas tumbas del cementerio argentino de Darwin; no para confundirme entre ellos sin merecerlo, sino para seguirles el rastro con distancia y respeto, con la íntima ilusión de que ese gesto sea apenas una caricia tardía de afecto y admiración. Y para que, si no fui llamado a semejante heroísmo, al menos pueda estar cerca de quienes, a lo largo de mi vida, me han explicado con su sacrificio el verdadero sentido de esa palabra.
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