Todo argentino que pisa suelo extranjero lleva consigo, sin haberlo pedido, la representación de un país entero. La pregunta es si lo honra o lo traiciona.

La primera vez que salí de la Argentina y alguien me preguntó de dónde era, sentí dos cosas al mismo tiempo: un orgullo instintivo, casi físico, y una responsabilidad que no había calculado. Decir “soy argentino” no era simplemente dar una coordenada geográfica. Era, primeramente, invocar a lo que el público en general asocia, a Maradona y al Papa Francisco, San Martín y el Che Guevara, a Borges y a Evita … Era nombrar, de golpe, a toda una familia -con sus tíos buenos y malos- que no me había pedido permiso para representarla, queriendo o sin quererlo.

Sin embargo, ahí estaba yo. Embajador sin credenciales, sin nombramiento, sin protocolo. Solo con el acento y la camiseta, visible o como en un superhéroe debajo de las ropas.

Porque eso es lo que somos cada uno de nosotros cuando cruzamos una frontera: la primera y quizás única imagen que esa persona tendrá de nuestro país. El mundo generaliza con la misma facilidad con que respira. Si se cruza con un argentino que se comporta bien, piensa que los argentinos son así. Si se cruza con uno que se comporta mal, le quedará esa imagen impregnada. La injusticia de esa ecuación no la podemos cambiar. Lo que sí podemos elegir es de qué lado caemos nosotros.

Entre paisanos podemos hablar de nuestros problemas, de las cosas que deberíamos mejorar, incluso de lo que nos avergüenza. Pero ante extraños, escuchar a un compatriota despotricar de su propio país me produce el más profundo repudio. He visto argentinos con doble ciudadanía celebrar el segundo pasaporte como una liberación del primero. He escuchado a compatriotas residentes en el exterior decir “yo soy de este país”, y a veces aclaran que “nacieron en Argentina”. Me pregunto: ¿qué tipo de persona es la que niega su origen? No descarto sentirse orgulloso de más de una bandera: algunos me explicaron que sentían a una tierra como al mandato paterno y a otra, como la ternura de mamá. Igualmente, ¿cómo se le dice a quienes traicionan a uno de sus padres?

En la antigüedad, el destierro era la condena más grande. Hoy hay quienes se destierran a sí mismos, voluntariamente, y con una cínica sonrisa, pero la vida le cobrará factura con creces y con llanto.

En mi caso, cada vez que tuve la ocasión resalté hasta el hartazgo -propiamente dicho- de mi audiencia. Hablé de nuestro campo y de su cocina, del tango y del folklore, de nuestros triunfos deportivos, de nuestra inmenso legado literario… Intenté explicar la complejidad de nuestra política sin simplificarla para quedar bien. Porque la Argentina no es fácil de hacerla entender, pero tampoco es justa la caricatura que a veces nosotros mismos ayudamos a construir. En unas declaraciones de Marcelo Llambías, destacado veterano de la guerra por las Malvinas, él lo explicó más o menos así: “yo peleé por mi bandera y no por el presidente de turno; ¿acaso no queremos que gane nuestra selección de fútbol sin importar quién la dirige?”

Cortázar dijo alguna vez: “Yo llevo a Buenos Aires puesto como otros llevan los zapatos, y lo paseo conmigo por cualquier lugar, como emigrado, como exilado, como turista”… Yo entendí esa frase cada vez que caminé por una ciudad extranjera y sentí que mi acento era, en sí mismo, una declaración. No hacía falta vestir a camiseta de Los Pumas o llevar puesta una gorra del BIM5 para saber que soñaba representar algo importante. Bastaba con hablar.

Mi partido político siempre fue la bandera argentina. Cuando me cruzo con un compatriota en el extranjero, siento que me estoy cruzando con otro náufrago, un cómplice aventurero, o con un hermano separados al nacer. Hay un vínculo que solo se activa lejos de casa. En el barrio, quizás no nos hubiéramos saludado jamás. He abrazado al borde del llanto a desconocidos en vigilias del 2 de abril en países de habla inglesa. He interpelado a alguien por el silbido de un tango en el metro de Madrid como quien busca una respuesta a un parienta lejano. He dicho “adónde vas, macho” a un tipo con la camiseta albiceleste en un aeropuerto impensado, y en todas esas escenas, éramos protagonistas de un reencuentro. Eso no lo vi en muchas otras nacionalidades. La nuestra es una capacidad de reconocerse en el otro, de emocionarse hasta las lagrimas al entonar el himno nacional en cualquier lugar y circunstancia.

Por eso creo que quien niega sus orígenes no solo se hace daño a sí mismo. Le hace daño al resto, a los que sí salimos al mundo con la bandera envolviendo al corazón, convencidos de cuánto orgullo es amarla. Somos embajadores. Sin credenciales, sin sueldo, sin oficina; unos buenos sinvergüenzas, y unos orgullosos desmedidos.

Esa, me parece, es una de las responsabilidades más hermosas que te puede dar el azar de haber nacido en el país más hermoso del mundo, aunque no tengas el privilegio de vivirlo toda la vida, aunque tampoco puedas jamás quitártelo de encima.

Tin Bojanic


Descubre más desde Fundación Argentina Semper

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario